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El orgullo de Castilla: La destrucción de IFAC (I) (Año del Señor de 1359):

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El orgullo de Castilla: La destrucción de IFAC (I) (Año del Señor de 1359):

 Uno de los episodios más oscuros de la historia medieval de Calpe y su territorio es la destrucción de la villa medieval de Ifac a manos de una flota castellano-genovesa en el año 1359. Gracias a las excavaciones e investigaciones arqueológicas que el Museo Arqueológico de Alicante (MARQ) de la Diputación de Alicante está realizando, en colaboración con la Consellería de Territori i Habitatge de la Generalitat Valenciana, el Parque Natural del Penyal d'Ifac y el Excmo. Ayuntamiento de Calpe, comenzamos poco a poco a conocer cuales son los detalles reales del ataque perpetrado en la villa de Ifac en ese año de 1359. En esta oportunidad que se nos ha brindado, hemos encontrado interesante recuperar algunos detalles importantes de dicho ataque así como conocer los motivos por los que la flota castellana decidió atacar la villa en ese momento.

En los primeros días del año del Señor de 1359, corrió el rumor en el Reino de Valencia de que el rey de Castilla, el rey Pedro I, marchaba con un gran ejército sobre las tierras valencianas. El rey Pedro IV, conocedor de tal peligro tenía a la frontera avisada y procedía con celeridad a la defensa del Reino, refortificando las plazas costeras y en especial las ciudades situadas en la zona de Alicante y el Sur del Reino. Para la Corona aragonesa, era vital la articulación defensiva del Reino y conocer la estrategia del enemigo castellano, así que dispuso espías que le mantuviesen continuamente informado de los movimientos de la flota castellana y de cualquier maniobra de Pedro I.

El orgullo de Castilla, gloria de cualquier potencia naval, la poderosa flota que estaba armando el rey castellano en las cercanías de Sevilla, mostraba el poderío militar del reino: treinta y una galeras, dos galeotas, cuatro leños y ochenta naos, mas el añadido de diez galeras y una galeota procedentes de sus aliados portugueses. Lógicamente, en esta expedición participaron los más expertos marinos del reino castellano como los almirantes Egidio Bocanegra, Garci Jofre Tenorio, hijo del Almirante Alfonso Jofre, Fernán Sánchez de Tovar, futuro Almirante de Castilla, Juan Fernández de Tovar, su hermano, micer Ambrosio Bocanegra, hijo de Egidio y otros muchos.

La presencia de los genoveses Boccanegra, aunque relegados a simples capitanes de galera, no era casual. Hermano del primer Duque de Génova, Simón, Egidio estuvo inicialmente al servicio de Alfonso XI de Castilla como almirante. Participó en la batalla del río Salado (30 de octubre de 1340), que permitió a los castellanos recuperar una gran parte de los territorios andaluces que se encontraban en manos de los benimerines. Desde entonces sirvió con diferente suerte junto a las naves castellanas, ya que a los genoveses les interesaba que quedara libre el Estrecho de Gibraltar para reanudar el comercio marítimo entre el Atlántico y el Mediterráneo. Y esto sí que es curioso, ya que Egidio Bocanegra no intervino en los conflictos civiles que asolaron Castilla, durante los primeros años del reinado de Pedro I, pero sí en la guerra contra Aragón, cuyo principal desencadenante fue la ofensa del Almirante aragonés Francés de Perellós, al capturar en Sanlúcar de Barrameda dos navíos placentinos cargados de aceite en presencia del Rey de Castilla, en la primavera de 1356.

 Las condiciones del rey de Castilla para que no se produjera el casi obligado conflicto pasaban por la entrega de Francesc de Perellós a la justicia castellana por su osadía de haber llegado hasta el Estrecho, la expulsión del Infante don Fernando, al Conde de Trastámara y a todos los castellanos traidores enemigos del rey Pedro; el pago de quinientos mil florines de oro como reparaciones de guerra y la entrega de las plazas y castillos de Orihuela, Alicante, Guardamar, Elche, Crevillent y los del Valle de Elda que, en otro tiempo no muy lejano, habían sido recuperados por Jaime I de Aragón en su campaña en el Reino de Murcia durante la segunda mitad del siglo XIII.

 Tales condiciones no eran ni mínimamente aceptables para el rey aragonés, ya no por la entrega de uno de sus principales capitanes, sino por no querer desprenderse de la mayor parte de sus territorios más meridionales que rentaban a la corona aragonesa pingües beneficios, así como distanciar la frontera con Castilla de las principales ciudades valencianas situadas más al Norte, obteniendo cierta calma, necesaria para que las relaciones comerciales aumentaran sin descanso.

Pedro I decidió atacar a Aragón no sólo por tierra, sino en el mar, en el elemento que habían dominado durante los dos últimos siglos. Para intentar obtener la supremacía marítima, concertó en la ciudad portuguesa de Évora una alianza con su tío Pedro I de Portugal en marzo de 1358, en virtud de la cual éste se comprometió a prestarle 10 galeras y 1 galeota por un periodo de tres meses. A comienzos de agosto, sin esperar la ayuda portuguesa, Pedro I zarpó, iniciando la campaña con el ataque a la población de Guardamar el día 17. La villa fue conquistada pero no su fortaleza, donde se refugió la guarnición al mando del noble aragonés Bernat de Cruilles. Al tiempo que combatían el castillo, se levantó un gran vendaval, de un poder tan fuerte que estrelló en la costa 16 de las 18 galeras que llevaba el rey, refugiándose las dos restantes, una castellana y otra genovesa, en Cartagena. El rey, después de incendiar Guardamar, emprendió la retirada por tierra hacia Murcia.

A pesar de este fracaso, volvió a probar fortuna en el mar. En abril de 1359 reunió en Sevilla una flota compuesta por 28 galeras, 2 galeotas, 4 leños y 80 naos, a la que se habían unido 3 galeras granadinas y 1 carraca veneciana. Más tarde se incorporarían l0 galeras y 1 galeota portuguesas prometidas en la alianza establecida en 1358, a las órdenes del Almirante Lanzarote Pessanha. El rey puso su enseña en una gran embarcación, que había sido capturada en Algeciras durante el sitio de Alfonso XI, y posteriormente modificada al construir en ella tres castillos, encomendando el de popa al cronista López de Ayala, el del centro a Arias González de Valdés y el de proa a García Alvarez de Toledo, nombrado patrón de la nave real.

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