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El estudio del amuleto de Ifach revela su origen islámico

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Amuleto islámico de Ifach

Una vez publicado el catálogo de la exposición aprovechamos para presentar los resultados del estudio preliminar del amuleto islámico de Ifach, única pieza hasta el momento con grafía islámica que ha aparecido en territorio calpino. El estudio, como ya informamos en otro post de este mismo blog, ha sido realizado por la profesor Maria Antonia Martínez Núñez de la Universidad de Málaga, a quien agradecemos el interes y colaboracion mostradas que esperemos se reproduzca en un futuro proximo.

Recordemos que el objeto fue encontrado en el relleno de la Tumba IV es una plaquita de plomo de forma rectangular, con los lados verticales más largos. Actualmente la placa aparece doblada por la mitad, pero conserva señales de haber podido estar plegada en forma de tríptico[1].

 Su estado de conservación es realmente lamentable y es tan acentuada su fragilidad que ni tan siquiera ha sido posible desdoblar la pieza ante el riesgo de provocar posibles roturas o daños añadidos. La superficie exterior de la placa presenta grandes desgastes en algunas zonas y numerosas concreciones adheridas en otras. Se observan, asimismo, importantes destrozos en los lados horizontales, el superior tiene todo el borde doblado y aplastado, mientras que en el inferior han desaparecido el borde externo y la parte izquierda, lo que supone casi un cuarto del objeto. Por ello, y aunque sus medidas actuales son 3,5 cm. de altura x 2 cm. de anchura, la plaquita originalmente hubo de tener unas dimensiones algo mayores.

Una de las caras de la pieza, la cara exterior, está ocupada por leyendas en árabe, mientras que la otra cara, la interior, parece que era anepígrafa y sin decoración, pues no conserva restos de escritura ni de ningún otro ornato. Sin embargo, lo habitual es que este tipo de objetos presenten epígrafes en el anverso y el reverso[2].

 Las leyendas están distribuidas en dos áreas diferentes: un campo epigráfico central y una orla de enmarque. El campo central está delimitado, y separado de la orla, por un estrecho filete tallado en relieve y constituido por dos finos listeles paralelos que se entrecruzan a intervalos regulares[3].  El campo epigráfico central estaba compuesto por al menos seis renglones, pero hoy sólo se conserva la grafía, aunque muy deteriorada, en los tres primeros, mientras que en el resto apenas resultan visibles algunos grafemas sueltos. En cuanto a la orla de enmarque, originalmente estaría compuesta por cuatro bandas, dos horizontales y dos verticales, pero las únicas conservadas son las bandas verticales. La escritura discurre en ellas por un solo renglón y está realizada en un tamaño algo menor que la del área central.

 Estos epígrafes están realizados en escritura cúfica con talla en relieve; un tipo de cúfico muy irregular en su ejecución y con un diseño deformado, e incluso frustrado, en algunos grafemas. Así, se observan diferencias en el tamaño de las letras que componen los diversos términos, y diferencias en la ejecución de los mismos trazos, como sucede con las astas de los grafemas, pues algunas presentan terminación a bisel, mientras que otras terminan en ornatos foliados. Esos apéndices foliados y lobulados, con los que finalizan los trazos altos, se concentran en los grafemas del área central y son en todo semejantes a los que presentan algunos epígrafes lapidarios almohades, incluido el pequeño orificio en forma de círculo que se ubica en el extremo del ornato[4].

 Como características gráficas más destacables hay que señalar el extraño diseño que presenta el grafema sad/dad en el término inicial de los tres primeros renglones, pues se encuentra sobre montado por una especie de acento circunflejo invertido, semejante a la forma en que suele ejecutarse el grafema cayn medial en cúfico lapidario, y el que algunos términos parezcan estar enfrentados en espejo, en sentido vertical, como se observa en el lado izquierdo del primer renglón del campo central. Y en ese mismo lado izquierdo, pero a la altura del tercer renglón, las secuencias gráficas están escritas en sentido vertical, desde arriba hacia abajo y en paralelo al filete de delimitación.


En definitiva, este tipo de cúfico, de muy difícil interpretación, se aproxima al empleado en ciertos motivos pseudoepigráficos, especialmente el que discurre por el campo central. Este hecho, unido al estado de deterioro que actualmente presenta la pieza, impide dar con una lectura fiable y convincente de sus leyendas.  Sí se puede afirmar que el término con que se inicia el primer renglón, en el campo epigráfico central, se repite en el comienzo de los renglones segundo y tercero; un término que, con todas las reservas, podría leerse como

 

القضاء...

La justicia…

 Lógicamente los grafemas cúficos, con su carácter defectivo, pueden admitir otras variantes de lectura[5], pero se ha optado por la considerada más coherente y convincente[6]. Curiosamente la secuencia consonántica de este término parece coincidir, aunque la factura sea diferente, con la que se encuentra grabada en negativo sobre un anillo sello-impronta, hallado en una de las sepulturas de la necrópolis visigoda de la Casa del Condestable, en Pamplona[7]. En la plaquita que nos ocupa, resulta ilegible lo escrito a continuación de dicho término, en cada uno de los tres primeros renglones.

 En cuanto a la orla de enmarque, y también con todas las reservas, parece haberse escrito en el inicio de la banda lateral izquierda la abreviatura de la basmala, seguida del tahlīl; es decir, la primera parte de la šahāda o profesión de fe islámica.

 بم الله لا الاه ا[لا الله]....

Bm [8] (En el nombre de Dios el Clemente, el Misericordioso). Dios, no hay otra divinidad [sino Dios]…

A pesar de que parte del epígrafe resulta indescifrable, lo que se ha podido restituir de su contenido parece indicar que el texto de esta plaquita era de carácter religioso, igual que sucede con las leyendas de la mayor parte de los plomos andalusíes.

Son distintas las funciones y muy variadas las formas de este tipo de objetos, cuyo uso está atestiguado en el ámbito islámico durante toda la Edad Media; unos objetos que, en general, suelen catalogarse como “amuletos” o “talismanes” y ser caracterizados por su finalidad de protección contra cualquier mal o adversidad[9]. Las leyendas que ostentan también pueden ser diversas: desde las breves citas coránicas y textos de contenido netamente religioso hasta las secuencias gráficas, nombres extraños al Islam y términos de indudable carácter  mágico[10].

 En al-Andalus es ya bastante considerable el número de estos objetos y, aunque sus formas son variadas, la mayor parte de los ejemplares conservados responden, a las características del ejemplar de Ifach. Suelen ser, por tanto, pequeñas placas rectangulares de plomo[11], cuyos textos reproducen leyendas religiosas y citas coránicas[12] y cuyo uso está relacionado con la función benefactora, protectora y profiláctica que, en general, solía atribuirse a la revelación, a la palabra divina, y a la escritura árabe que la anota y la transmite.

 Sobre estos objetos que ostentan leyendas de contenido religioso, sujeto a la más estricta ortodoxia islámica, algunos autores han planteado, con razón, lo inadecuado de designarlos como “amuletos” o “talismanes”, pues serían equivalentes a las “insignias” o “medallas” de la religiosidad cristiana (Barceló, Labarta y Azuar, 1997: 269 y 272). No obstante, y aunque su número sea bastante escaso, en al-Andalus también se han documentado algunos ejemplares que sí pueden ser catalogados en términos estrictos como amuletos y talismanes[13]; es decir, aquellos objetos a los que supersticiosamente se les otorgaba una función protectora de carácter mágico y/o sobrenatural, fuese esta protección frente al mal pasiva (amuletos) o activa (talismanes). Este hecho queda de manifiesto por el talante y contenido de las leyendas que ostentan, pues o bien reproducen en exclusiva secuencias gráficas ininteligibles, de carácter mágico[14], o bien, y con mayor frecuencia, en sus textos coinciden los elementos islámicos y los extraislámicos, mezclando frases religiosas o breves fragmentos extraídos del Corán con signos astrológicos y referencias mágicas, todos ellos ajenos a la ortodoxia[15]. Esta última práctica estuvo especialmente extendida entre los moriscos, con el uso de las recetas-talismanes y de los llamados “cuadrados mágicos” o “talismanes de cifras” [16].

Por regla general estos objetos han aparecido sin contexto arqueológico[17], pues han salido a la luz en prospecciones de superficie o en el mercado de anticuarios, por lo que la mayor parte de ellos se encuentran dispersos en diversas colecciones privadas[18]. Por otra parte, al estar descontextualizados se desconoce cuál era exactamente su uso, así como su cronología precisa.

 Sin embargo, al tipo más abundante, el de las plaquitas rectangulares, se le ha otorgado unánimemente una cronología almohade, en cualquier caso no anterior al siglo XII, mientras que son muy escasos aquellos ejemplares que se han datado en fechas anteriores[19].

El que estos objetos se multiplicaran en época almohade no ha de extrañar, por la ola de religiosidad y de reislamización social que tuvo lugar a partir del siglo XII; un fenómeno generalizado que afectó a todo el ámbito islámico[20]. Por lo que respecta al Magreb y al-Andalus, el califato almohade mu’miní promovió una regeneración islámica tomando como base la doctrina del tawhīd. La abundancia en época almohade de estos objetos protectores, propios de la religiosidad cotidiana y popular, constituye una materialización de dicho fenómeno y de la  amplitud que a partir del siglo XII alcanzó la reislamización social, que no quedó circunscrita al poder y sus resortes de legitimación[21].

 En cuanto a su utilización, estas plaquitas tuvieron, sin duda, un uso personal, cotidiano y popular, con una función profiláctica y/o apotropaica parecida a la de otros objetos diversos que ostentan leyendas semejantes[22]. Pero el hecho de que el plomo de Rojales (Alicante) esté asociado a una necrópolis, indujo a los autores de su estudio y publicación a plantear la hipótesis de que este tipo de objetos se usara dentro de la sepultura para testimoniar la fe musulmana del difunto (Barceló, Labarta y Azuar, 1997: 265-266, 272). En las excavaciones del Castillo de Yecla, en Murcia, se ha encontrado otro ejemplar dentro de una sepultura de la maqbara islámica[23], lo que parece corroborar la hipótesis de que estos objetos, aparte de acompañar a los musulmanes en vida, también lo hacían en su muerte,  pues podían ser depositados en las sepulturas, junto a los restos mortales de sus propietarios.

 El plomo de Ifach también está asociado a una necrópolis, pero en este caso feudal. Como se ha dicho, apareció entre los materiales de relleno de un enterramiento cristiano. Por consiguiente, aunque este ejemplar sí tiene contexto arqueológico, su deposición secundaria no permite despejar las incógnitas acerca de su uso y cronología concretas, ni aportar nada acerca de la hipótesis que relaciona estos objetos con el ajuar de enterramientos musulmanes[24].

 Así, pues, y a falta de otros indicadores, la configuración formal del objeto, sus rasgos gráficos más significativos y lo que se ha podido restituir de su contenido, remiten a una cronología almohade o ligeramente posterior, entre la segunda mitad del siglo XII y el siglo XIII.

 


[1] Como expuso Tawfiq Ibrahim, es habitual que los plomos andalusíes de forma rectangular aparezcan plegados y que algunos conserven señales de haber llevado pasado algún cordón como elemento de sujeción (Ibrahim, 1987: 709). Esto queda confirmado por un buen número de plaquitas plomo conocidas hasta ahora; por ejemplo, en el ejemplar hallado en el Cortijo de la Cotonilla (Málaga) (Gozalbes, 1988: 83), en el aparecido en Rojales (Alicante) (Barceló, Labarta y Azuar, 1997: 266, fig. 1), en los dos  de Morón de la Frontera (Sevilla) (Martínez Núñez, 2003: 28-35, nº 4 y 5, figs. 3-5),  en los cinco procedentes del término de Teba (Málaga) (Martínez Enamorado, 2003: 96-113), o en la lipsanoteca encontrada en el Castillo  de la Luz y conservada en el Museo de San Pedro del Pinatar (Murcia) (Porrúa, 2008: 175), entre otros. También son rectangulares y aparecen plegados algunos de los ejemplares propiedad de la Real Academia de la Historia que fueron donados a la institución por el Sr. Max Turiel Ibáñez entre los años 1999 y 2001 (Eiroa, 2006: 111-112, nº 142, 143 y 144; Martínez Núñez, 2008: 298-301, nº 142, 143 y 144).

[2] La mayor parte de las plaquitas de plomo rectangulares, halladas hasta el momento, presentan las dos caras epigrafiadas; véanse los ejemplares citados en la nota 13.

[3] Idéntica distribución de la grafía se documenta en un ejemplar con leyendas coránicas, cuya procedencia y paradero se ignoran. Sólo se conoce esta pieza por unos dibujos propiedad de la Real Academia de la Historia (Martínez Núñez, 2008: 309-310, nº 152)

[4] Como los que se observan en la famosa mqābriyya malagueña de 1221, realizada en piedra (Ocaña, 1946; Martínez Núñez, 1997: 424, lám. 1, fig. 1), y en la mqābriyya de cerámica vidriada en verde, también aparecida en Málaga (Martínez Núñez, 1997: 424-426, lám. 2)

[5] Esta secuencia gráfica podría leerse también como الفضا/الفصا .

[6] Pues este término al-qada’ interviene en expresiones sobre los designios de Dios y la justicia divinas, del tipo قضاء الله, la justicia de Dios= la muerte, y بالقضاء والقدر, por designio y decisión (de Dios).

[7] Se trata del anillo perteneciente al enterramiento nº 153 (Faro et alii, 2007: fig. 19), localizado junto a otros anillos en dicha necrópolis. A pesar de que los enterramientos responden al ritual cristiano, cuatro de estos anillos son sellos con epígrafes árabes grabados en negativo y realizados en caracteres cúficos arcaicos, lo que lleva a los autores a plantear  la prolongación del uso de este cementerio hasta el siglo VIII y la elaboración de los anillos en algún taller de orfebrería de al-Andalus (Faro et alii, 2007: 122-123, fig. 19-20).

[8] Esta abreviatura de la basmala es poco habitual en epigrafía andalusí, pero con ella se inicia también la leyenda coránica de una plaquita de plomo, epigrafiada por ambas caras, que fue donada a la Real Academia de la Historia por el Sr. Max Turiel en el año 2000 (Martínez Núñez, 2008: 300-301, nº 144)

[9] En un reciente artículo (Porrúa, 2008)) se analiza la presencia de amuletos y talismanes como una tendencia general en el mundo islámico, partiendo de su origen en las prácticas de magia y religiosidad de la Arabia preislámica, y se dedica un apartado a la revelación coránica y la magia (Porrúa, 2008: 177-181).

[10] Como las consignadas en los talismanes que recoge L. Kalus (1981: 97-98), o las reproducidas en un amuleto de amatista, de probable origen oriental y con fecha expresa del año 1124/1712, cuyo vaciado se conserva en la Real Academia de la Historia, junto a la lectura que de su contenido realizó M. Casiri en el siglo XVIII (Martínez Núñez, 2008:320-321, nº 161).

[11] El plomo es el material habitualmente usado, pero hay algunos pocos ejemplares en otros materiales, como el cobre. Es el caso de la lámina de cobre hallada en Castro del Río (Córdoba), cuyo dibujo se conserva en la Real Academia de la Historia (Martínez Núñez, 2008: 125, nº 38)

[12] El contenido religioso y las citas coránicas, especialmente la azora CXII, están presentes en numerosos plomos andalusíes (Labarta y Barceló, 1986; Ibrahim, 1987: 707-709, nº 3-6, fig. 3-6; Ibrahim, 1988: 137-138; Gozalves, 1988: 83, nº 25; Medina, 1992: 35; Monge, 1993: 219-220; Al-Andalus, 1995: 109, nº 65; Barceló, Labarta y Azuar, 1997; Portugal Islâmico, 1998: nº 318 y 319; Martínez Enamorado, 2002-2003: 96-113; nº 1-5; Martínez Núñez, 2003: 31 y 33, nº 4 y 5; Martínez Núñez, 2008: 125, 156-157, 300-301, 304, 309; nº 38, 56, 143, 144, 148, 152).

[13] A. Porrúa Martínez estudia el uso de amuletos y talismanes en al-Andalus, especialmente los de la cora de Tudmir  (Porrúa, 2008: 181-183), pero precisamente no se detiene en los que ostentan epígrafes.

[14] Como sucede con algunos ejemplares sobre los que se ha apuntado la posibilidad de que se contengan signos de escritura cabalística (Ibrahim, 1987: 709-710, nº 6 y 10). 

[15] Un ejemplar muy representativo de esta tendencia es la plaquita de plomo, datada entre los siglos XII y XIII, que se conserva en la Real Academia de la Historia ( Martínez Núñez, 2008: 298-299, nº 142).

[16] Sobre este tipo de objetos y de prácticas en época morisca, de los que se conservan algunos dibujos en la Real Academia de la Historia (Martínez Núñez, 2008: 312-313, nº 154), véanse las publicaciones de Ana Labarta, quien ha estudiado la transmisión  de la Gāyat al-hakīm, el Picatrix en su versión latina, a partir del siglo XIII y su incidencia en las prácticas de magia talismánica y en el desarrollo de los “talismanes de números”, especialmente cuando afloró esta tradición entre los moriscos, en el siglo XVI (Labarta, 1981; Labarta, 1985). Esta autora afirma que los talismanes moriscos, en la línea del Picatrix, incluían, a veces, aleyas coránicas y jaculatorias, siguiendo una tendencia que califica de “intento de islamización” de estos materiales, y transcribe documentación sobre “cuadrados mágicos” moriscos, con las indicaciones que se daban acerca de la forma en que debían ubicarse en torno a ellos las aleyas y jaculatorias (Labarta, 1981: 103-109).

[17] Salvo escasos ejemplares, como los encontrados en las excavaciones de la ciudad de Vascos (Izquierdo, 1994: lám. XIX; Izquierdo, 1999a: 167; nº 134; Izquierdo, 1999b: 91)

[18]  La Real Academia de la Historia posee una colección de amuletos y de joyería de sumo interés. Formada por piezas de procedencias y cronologías diversas, la mayor parte de ellas originales y algunas copias, representa la más numerosa e importante colección de este tipo objetos, reunida y conservada en una institución oficial, pues el comercio más o menos clandestino de antigüedades ha prestado especial atención a estos materiales (Martínez Núñez, 2008: 42 y 329-330).

[19] Sólo un ejemplar de cobre y forma rectangular, aparecido en prospecciones de superficie en los alrededores de Madrid, se asocia a cerámicas de los siglos X-XI (Moreno y Jiménez, 1990: 420-421, fig. 2), aunque su forma y tipología responden a las que suelen presentar los de época almohade. Por su parte, T. Ibrahim (1987: 707-708, fig. 3-5) recoge tres ejemplares a los que otorga una cronología anterior al siglo XII y uno de ellos lo fecha, con reservas, en época califal, basándose en que reproduce, como en las monedas, Q. CXII sin la basmala.

[20] Como expuse a propósito de los plomos hallados en Morón de la Frontera (Martínez Núñez, 2003: 35).

[21] Aspectos que han sido abordados con detalle en varias publicaciones (Martínez Núñez, 1997: 439-443; Martínez Núñez, 2004; Martínez Núñez, 2005).

[22] Como anillos, colgantes, pulseras, etc. (Tesoros de la RAH, 2001: 296-297, nº 193, 194, 195; Martínez Núñez 2008: 329-346)

[23] Se trata de un plomo en forma de cartucho con tres anillas de sujeción. Ha sido fechado en el periodo comprendido entre los siglos XI-XIII, es decir en época de almorávides y almohades (Ruiz Molina, 2000: 156-157.), aunque T. Ibrahim otorgaba a los plomos de esta tipología una cronología emiral. Aludiendo a su desaparición en el califato (Ibrahim, 1987).

[24] Es más, también en los dos casos antes aludidos, habría que pensar en la deposición secundaria de estos objetos.

El trabajo ha sido publicado en Martinez Nuñez, M.A., Menendez Fueyo, J.L. 2009,: El amuleto islámico de Ifach, Calp, Arqueología y Museo, Fundacion MARQ, (Alicante), pp. 132-145.

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